EL FANATISMO PARTIDISTA

Observando el discurso político del PRI, con la falsa visión de un México que solo existe en la mente del presidente Peña Nieto y que intentan imponer a la sociedad los representantes del tricolor. Siendo testigo se un PAN dividido en dos fracciones irreconciliables que se llaman a sí mismas representantes de la verdad y que responden únicamente a sus intereses, pero que quieren fijar como hecho irrebatible a la opinión pública cada una de sus visiones. Mirando a un PRD que se desangra espectacularmente y sigue pretendiendo engañar al elector repitiendo sin parar que es un Partido de izquierda, mientras pacta vergonzosamente con el PAN un Frente, que intentará detener a López Obrador en la carrera hacia el 2018. Viendo todo esto, vino a mi memoria aquel escrito de Cioran, que describe la "Genealogía del Fanatismo"; me pareció oportuno difundir el escrito que habla sobre las "verdades absolutas" que nuestra clase política y militancia pretenden poseer, no obstante que la realidad los desenmascara permanentemente. Esto es lo que dice Cioran:


Genealogía del fanatismo


En sí misma, toda idea es neutra o debería serlo, pero el hombre la anima, proyecta en

ella sus llamas y sus demencias; impura, transformada en creencia, se inserta en el

tiempo, adopta figura de suceso: el paso de la lógica a la epilepsia se ha

consumado... Así nacen las ideologías, las doctrinas y las farsas sangrientas.

Idólatras por instinto, convertimos en incondicionados los objetos de nuestros

sueños y de nuestros intereses. La historia no es más que un desfile de falsos

Absolutos, una sucesión de templos elevados a pretextos, un envilecimiento del

espíritu ante lo Improbable. Incluso cuando se aleja de la religión, el hombre

permanece sujeto a ella; agotándose en forjar simulacros de dioses, los adopta

después febrilmente: su necesidad de ficción, de mitología, triunfa sobre la evidencia

y el ridículo. Su capacidad de adorar es responsable de todos sus crímenes: el que

ama indebidamente a un dios obliga a los otros a amarlo, en espera de exterminarlos

si rehúsan. No hay intolerancia, intransigencia ideológica o proselitismo que no

revelen el fondo bestial del entusiasmo. Que pierda el hombre su facultad de

indiferencia: se convierte en asesino virtual; que transforme su idea en dios: las

consecuencias son incalculables. No se mata más que en nombre de un dios o de sus

sucedáneos: los excesos suscitados por la diosa Razón, por la idea de nación, de clase

o de raza son parientes de los de la Inquisición o la Reforma. Las épocas de fervor

sobresalen en hazañas sanguinarias: Santa Teresa no podía por menos de ser

contemporánea de los autos de fe y Lutero de la matanza de los campesinos. En las

crisis místicas, los gemidos de las víctimas son paralelos a los gemidos del éxtasis...

Patíbulos, calabozos y mazmorras no prosperan más que a la sombra de una fe, de esa

necesidad de creer que ha infestado el espíritu para siempre. El diablo palidece junto

a quien dispone de una verdad, de su verdad. Somos injustos con los Nerones o los

Tiberios: ellos no inventaron el concepto de herético: no fueron sino soñadores

degenerados que se divertían con las matanzas. Los verdaderos criminales son los que

establecen una ortodoxia sobre el plano religioso o político, los que distinguen entre

el fiel y el cismático.

En cuanto rehusamos admitir el carácter intercambiable de las ideas, la sangre

corre... Bajo las resoluciones firmes se yergue un puñal; los ojos llameantes

presagian el crimen. Jamás el espíritu dubitativo, aquejado del hamletismo, fue

pernicioso: el principio del mal reside en la tensión de la voluntad, en la ineptitud

para el quietismo, en la megalomanía prometeica de una raza que revienta de ideal,

que estalla bajo sus convicciones y la cual, por haberse complacido en despreciar la

duda y la pereza -vicios más nobles que todas sus virtudes-, se ha internado en una

vía de perdición, en la historia, en esa mezcla indecente de banalidad y apocalipsis...

Las certezas abundan en ella: suprimidlas y suprimiréis sobre todo sus consecuencias:

reconstituiréis el paraíso. ¿Qué es la Caída sino la búsqueda de una verdad y la

certeza de haberla encontrado, la pasión por un dogma, el establecimiento de un

dogma? De ello resulta el fanatismo -tara capital que da al hombre el gusto por la

eficacia, por la profecía y el terror-, lepra lírica que contamina las almas, las

somete, las tritura o las exalta... No escapan más que los escépticos (o los perezosos

y los estetas), porque no proponen nada, porque -verdaderos bienhechores de la

humanidad- destruyen los prejuicios y analizan el delirio. Me siento más seguro

junto a un Pirrón que junto a un San Pablo, por la razón de que una sabiduría de

humoradas es más dulce que una santidad desenfrenada. En un espíritu ardiente

encontramos la bestia de presa disfrazada; no podríamos defendernos demasiado de

las garras de un profeta... En cuanto eleve la voz, sea en nombre del cielo, de la

ciudad o de otros pretextos, alejaos de él: sátiro de vuestra soledad, no os perdona el

vivir más acá de sus verdades y sus arrebatos; quiere haceros compartir su histeria, su

bien, imponérosla y desfiguraros. Un ser poseído por una creencia y que no buscase

comunicársela a otros es un fenómeno extraño a la tierra, donde la obsesión de la

salvación vuelve la vida irrespirable. Mirad en torno a vosotros: Por todas partes

larvas que predican; cada institución traduce una misión; los ayuntamientos tienen su

absoluto como los templos; la administración, con sus reglamentos: metafísica para

uso de monos... Todos se esfuerzan por remediar la vida de todos: aspiran a ello

hasta los mendigos, incluso los incurables; las aceras del mundo y los hospitales

rebosan de reformadores. El ansia de llegar a ser fuente de sucesos actúa sobre cada

uno como un desorden mental o una maldición elegida. La sociedad es un infierno de

salvadores. Lo que buscaba Diógenes con su linterna era un indiferente...

Me basta escuchar a alguien hablar sinceramente de ideal, de porvenir, de

filosofía, escucharle decir «nosotros» con una inflexión de seguridad, invocar a los

«otros» y sentirse su intérprete, para que le considere mi enemigo. Veo en él un tirano

fallido, casi un verdugo, tan odioso como los tiranos y los verdugos de gran clase. Es

que toda fe ejerce una forma de terror, tanto más temible cuanto que los «puros» son

sus agentes. Se sospecha de los ladinos, de los bribones, de los tramposos; sin

embargo, no sabríamos imputarles ninguna de las grandes convulsiones de la historia;

no creyendo en nada, no hurgan vuestros corazones, ni vuestros pensamientos más

íntimos; os abandonan a vuestra molicie, a vuestra desesperación o a vuestra

inutilidad; la humanidad les debe los pocos momentos de prosperidad que ha

conocido; son ellos los que salvan a los pueblos que los fanáticos torturan y los

«idealistas» arruinan. Sin doctrinas, no tienen más que caprichos e intereses, vicios

acomodaticios, mil veces más soportables que el despotismo de los principios; porque

todos los males de la vida vienen de una «concepción de la vida». Un hombre político

cumplido debería profundizar en los sofistas antiguos y tomar lecciones de canto; y

de corrupción...

El fanático es incorruptible: si mata por una idea, puede igualmente hacerse matar

por ella; en los dos casos, tirano o mártir, es un monstruo. No hay seres más

peligrosos que los que han sufrido por una creencia: los grandes perseguidores se

reclutan entre los mártires a los que no se ha cortado la cabeza. Lejos de disminuir el

apetito de poder, el sufrimiento lo exaspera; por eso el espíritu se siente más a gusto

en la sociedad de un fanfarrón que en la de un mártir; y nada le repugna tanto como

ese espectáculo donde se muere por una idea... Harto de lo sublime y de carnicerías,

sueña con un aburrimiento provinciano a escala universal, con una Historia cuyo

estancamiento sería tal que la duda se dibujaría como un acontecimiento y la

esperanza como una calamidad...