Cuentos de un Chairo.- La Canadiense.- De Malthus Gamba



#NoSoyUnBot


Mi pueblo es uno de tantos otros, perdidos en la frontera norte del país. No es pueblo mágico, ni tiene mayor mérito. Nació, creció y va envejeciendo de a poco, en los límites del territorio mexicano. No tiene la gracia o desgracia, según se quiera ver, de ser paso fronterizo; pero con todo, hay gente que llega y va todo el tiempo; esto le da vida al monótono transcurrir de la existencia.

De la gente que llegó y no se fue como los otros, está La Canadiense. Su padre, llegó con ella, hará cosa de tres años. A ella le habían dado plaza de maestra en nuestra escuela y entró a nuestras vidas presumiendo títulos y conocimientos amplios. Nos dimos cuenta inmediatamente que, para ella, nadie en el pueblo la merecía. Al menos, eso nos dejó entender con sus actitudes. Todos éramos poquita cosa, menos que ella; de cultura, arte y política no sabíamos nada.

Y digo política, porque con los únicos que se identificó plenamente, fue con las autoridades del pueblo y los patrones de estas autoridades: los caciques del lugar. En ese ambiente, La Canadiense comenzó a brillas a sus anchas. Ahí sí la reconocían en todo su valor. En algunas ceremonias oficiales o privadas, hacía uso de la palabra dando discursos cívicos, en los cuales, sin parecer completamente de acuerdo con lo que decía y hacía el gobierno, terminaba justificando las maneras y las formas de control de la clase dominante. La Canadiense en estos eventos, señalaba que era una demócrata independiente y que había que estar del lado de la gente, sin enfrentar por ello, a las instituciones del Estado. La mayoría no entendíamos como podía ser esto posible, cuando eran precisamente esas autoridades corruptas, las responsables de nuestra pobreza y abandono. Pero qué podíamos entender nosotros que únicamente habíamos estudiado primaria y quizá secundaria algunos cuantos.

Sus clases eran por demás aburridas para los muchachos. Tenía un carácter disparejo y podía pasar en un instante, del mejor humor, al enojo y la violencia verbal más escandalosa. Le gustaba mucho platicar de su pasado. En particular, de un novio al que quiso mucho, de nacionalidad canadiense (de ahí el mote que le pusieron sus alumnos: La Canadiense); con él que viajó al país del norte en varias ocasiones. Todo era hermoso en Canadá. Nada que ver con nuestro pueblo, miserable, ignorante, mediocre e insignificante. Así podían pasarse los muchachos la mañana, escuchando historias fabulosas sobre Canadá. Nunca la consideraron una buena maestra y en realidad fue poco lo que tuvieron que agradecerle, quienes pasaron por sus manos.

Transcurrieron tres años, en los que La Canadiense fue reforzando sus relaciones con el grupo gobernante, consiguiendo mejorar su situación personal gracias a la benevolencia de los personajes que ocupaban los puestos de gobierno. Eran frecuentes sus discursos en los festejos oficiales, en su calidad de maestra del pueblo, donde hablaba de instituciones, derechos ciudadanos, frutos de la estabilidad política que nos brindaba el actual gobierno. Acompañaban a estos reconocimientos, algunas observaciones menores, sobre asuntos secundarios que se podían corregir. A La Canadiense le gustaba que la gente del pueblo, la considerara independiente a cualquier tipo de autoridad, aunque todos sabíamos que era incondicional de ellas.

Llegó el tiempo de elecciones y el pueblo, apacible, perezoso y resignado como era en el resto del tiempo, comenzó a mostrar un movimiento inusual, incluso para quienes habían vivido anteriormente tiempos parecidos. Algo que se estuvo cocinando por meses, quizá por años, comenzó a despedir un olor especial, distinto al de cualquier otro guiso conocido. Las mismas autoridades estaban nerviosas; no hablaban mucho del tema, pero se notaba que algo les inquietaba enormemente. La campaña oficial fue como siempre, dispendiosa en recursos y fastidiosa en discursos y propaganda. La Canadiense hizo su parte, apoyando con disimulo, en su calidad de personaje independiente, a quien estaba respaldado por el gobierno en turno.

Solo que ahora las cosas no resultaron como ellos esperaban. El nuevo elemento político, menospreciado, aunque temido, resultó triunfador indiscutible, gracias a una votación abrumadora que impidió todo intento de fraude. El triunfo aplastante de Morena no fue una sorpresa, como dijeron los que perdían el poder en ese momento. En mi pueblo, las cosas no se hablan mucho, pero se entienden, se ajustan y se concretan por medio de un lenguaje muy antiguo, que tiene que ver más con los silencios y sus ocultos significados. Había certeza de que Morena ganaría, solo que no era necesario hablar de ello.

Ahora La Canadiense va muy sola de su trabajo a la escuela y viceversa. Ya no hay comidas, eventos y privilegios, pagados con del dinero de nuestro pueblo. No hay invitaciones a coloridos actos públicos, donde brillaban su discurso y su figura citadina. Hoy es lo que debió haber sido siempre: una maestra de escuela.

Es seguro que el nuevo gobierno no le mantendrá privilegio alguno. Ella lo sabe y para no desentonar del todo y guardar las formas, se manifiesta, cuando tiene ocasión, más independiente que nunca. Crítica de toda autoridad y defensora de los derechos ciudadanos del pueblo.

Vamos, ha llegado a decir, hace unos días, que ella también es pueblo, que forma parte del conjunto de individuos que pisamos el mismo suelo.

Como si el solo hecho de respirar el mismo aire y ver a diario el mismo paisaje, hiciera de cada uno de nosotros, pueblo. Hay que conocer el lenguaje oculto de nuestra gente, padecer lo mismos atropellos, batallar por las mismas causas, todo el tiempo, por años, por siglos, para sentirse y ser verdaderamente pueblo.

Eso, La Canadiense no lo entiende. No lo puede entender. Ella sigue soñando y platicando de lo hermosa que es la vida en Canadá. Y esperando el egreso de los tiempos viejos.

Malthus Gamba