Cuentos de un Chairo.- La Operación Hienas (Fábula).- Malthus Gamba



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Fue un cónclave secreto en la selva, donde pocos fueron invitados. Secreto y de vital importancia para quienes habían conseguido por espacio de 36 años, hacer que su voluntad fuera ley, en todo el territorio. El resto de la comunidad quedó excluida.

Las promotoras de la reunión, fueron las hienas. Ellas habían conseguido bastantes privilegios en todos estos años y no estaban dispuestas a renunciar a los mismos bajo ninguna circunstancia. Pero no podían hacerlo en solitario. Requerían de apoyo y los únicos que garantizaban una rentable alianza, ya que también pertenecían al pequeño y selecto grupo, eran los buitres.

No hubo presentaciones, discursos o actos preliminares en este caso. Se fue directo al problema básico que a todos afectaba. El viejo rey de la selva, después de seis años de titubeante reinado, dejaba el trono para refugiarse en el pequeño coto de caza, de donde proveían todos los anteriores gobernantes. Era su deseo que se eligiera sucesor, de acuerdo a la vieja usanza, donde la comunidad de animales de la selva, votaba por aquel león que presentaba mejores cualidades para llevar sobre sus espaldas el destino del reino. Por espacio de 36 años, esto había ocurrido de distinta manera. Anticipadamente, el león saliente designaba sucesor y lo demás era únicamente un acto protocolario, donde los votos de la comunidad animal, servían para muy poca cosa. Todos esos reyes tuvieron la característica de ser débiles de carácter. Habían delegado gobierno y funciones a hienas y buitres, quienes al final, habían conseguido hacerse con la tajada del león. Los leones de este periodo, tenían débil rugido y se conformaban al final con los restos del banquete que les arrimaban buitre y hienas.

Pero algo había cambiado. Las hienas de fino olfato sabían que los vientos que soplaban a últimas fechas, anunciaban desastres para ellas y su causa. Un león, conocido por todos en la selva, de una especie que no se veía desde hacía mucho tiempo en ese territorio, amenazaba la construcción que había permitido a hienas y buitres gobernar por años, aún pasando sobre la voluntad del soberano. Este león anunciaba que su tajada, la más suculenta, la más grande, la de mejor calidad y sabor, sería repartida democráticamente entre toda la fauna en la selva. Nadie se quedaría sin alimento, si resultaba ganador en la próxima elección. No más hienas gobernando, ni más buitres consumiendo lo mejor de cada presa.

Esa amenaza había que pararla en seco y esa era la finalidad de la reunión. Después de muchas vueltas, alejamientos y encuentros, tal y como se manifiesta la naturaleza de hienas y buitres, llegaron a un punto de acuerdo. Uno de los más viejos buitres, famoso por su graznido potente, aunque desentonado, se encargaría de organizar una maniobra de sabotaje contra esa amenaza leonina, con la finalidad de dañar el prestigio del competidor, para restarle toda posibilidad de triunfo.

El viejo buitre que sentía estar dos escalones por encima de los demás miembros de su especie, en lo que a sabiduría corresponde (aunque en realidad no fuera así), determinó que lo más conveniente era arrojar una gran piedra al participante incómodo, para terminar de un solo golpe con sus aspiraciones. Así que puso manos a la obra, indicando a sus subalternos que eligieran, de entre todas las rocas que pudieran reunir, la más contundente y letal. Esa piedra significaría la salvación para los de su especia y para las amigas hienas también. Al menos, durante los siguientes seis años. Así que fueron reunidas y almacenadas gran cantidad de rocas, de entre las cuales, el viejo buitre escogería la más apropiada, para dar conclusión satisfactoria a su encargo. Este buitre tenía un defecto preocupante, que no era tomado muy en cuenta en la vida cotidiana. Tenía un aprecio hacia su persona desmesurado. Lo mejor de la sociedad de buitres y hienas, había tenido algún tipo de relación con él y eso lo enorgullecía en extremo. Se sentía pieza imprescindible en el andamiaje social y cultural de la selva. Así que después de haber examinado una a una las piedras concentradas, eligió la que parecía reunir las condiciones suficientes para terminar con la carrera del nuevo león. Preparó todo concienzudamente y ordenó que la roca fuera lanzada en el momento más oportuno para su causa. Pero antes, en uno de sus frecuentes accesos de protagonismo y necesidad de homenaje, que lo asaltaban de vez en vez, tomó la piedra y anotó en ella, de manera clara, aunque con letra muy pequeña, el sonido que distinguía su graznido y que era bien conocido en toda la selva: Krauuuuu.

Llegó el día de las elecciones y tanto hienas como buitres se mostraron bastante desangelados. Lo de la piedra había sido un rotundo fracaso. No tocó al león que estorbaba sus planes; ni un pequeño raspón siquiera. Por el contrario, el astuto león había jugado su partida con especial maestría y no hubo manera de influir en el resultado final. El nuevo rey de la selva, había llegado a la votación con un enorme tigre encadenado, que amenazaba con írsele encima, a cualquier hiena o buitre que quisiera modificar el resultado del escrutinio final. Era un tigre poderoso, monumental, que consiguió amedrentar a todo carroñero con malas intenciones. El triunfo fue abrumador, en favor del león dominante. Hienas y buitres, sabían que su tiempo había terminado. El tigre se mantendría al lado del nuevo rey, durante todo su reinado.

En cuanto al viejo buitre, sigue por ahí, volando de cuando en cuando, no tan solitario, porque, a fin de cuentas, entre hienas y buitres existe una camaradería que lo perdona todo. Sin embargo, el león dominante ha tenido en sus manos la piedra lanzada en su contra y ha leído la inscripción grabada en la misma. Reconoce al autor del atentado, pero no lo considera enemigo de peligro. Es solo un buitre viejo, deseoso de conservar privilegios y una fama, que no corresponde a su pequeña estatura moral. Lo dejara vivir junto a los suyos, hoy en desgracia. El viejo buitre no lo sabe y piensa emigrar a otras zonas, donde pueda pasar los últimos años de su vida, recordando mejores tiempos y pensando en lo grande que un día creyó ser.


Malthus Gamba